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Durante mucho tiempo, mitos y prejuicios de toda clase han ocultado
al mundo la historia real de África. Las sociedades africanas eran
tenidas por sociedades que no podían tener historia. Se negaba todo
valor a la Tradición Oral Africana, esa memoria de los pueblos
que proporciona la trama de tantos acontecimientos que han marcado
su vida.
Al escribir la historia de una gran parte de África, se limitaban
a fuentes exteriores a este continente, para dar una visión, no
de lo que podía ser la marcha de los pueblos africanos, sino de
lo que se creía que debía ser. Con frecuencia, al ser tomada como
punto de referencia la Edad Media europea, los sistemas de producción
y las relaciones sociales, así como las instituciones políticas,
no eran entendidos más que por referencia al pasado de Europa. En
realidad, se rehusaba ver en África al creador de culturas originales
que se han desarrollado y perpetuado, a través de los siglos, por
unos caminos que le son propios y que el historiador no puede, por
tanto, comprender sin renunciar a ciertos prejuicios y sin renovar
su método.
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el continente africano casi nunca era considerado una entidad
histórica. Por el contrario, se ponía el acento en todo lo que
podía acreditar la idea de que habría existido una escisión,
desde siempre, entre un África blanca y un África negra, ignorantes
la una de la otra. Frecuentemente se presentaba al Sahara como
un espacio impenetrable que hacía imposibles las mezclas de
etnias y de pueblos, de intercambios de bienes, de creencias,
de costumbres y de ideas, entre socieda des
constituidas a una y otra parte del desierto. Se trazaban fronteras
herméticas, entre las civilizaciones del antiguo Egipto y de
Nubia, y las de los pueblos subsaharianos.
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Ciertamente,
la historia de África al norte del Sahara ha estado más tiempo vinculada
a la de la cuenca mediterránea que la historia del África subsahariana,
pero hoy día está ampliamente reconocido que las civilizaciones
del continente africano, a través de la variedad de lenguas y culturas,
forman, en grados diversos, las vertientes históricas de un conjunto
de pueblos y de sociedades, unidos por vínculos seculares.
Otro fenómeno ha perjudicado notablemente al estudio objetivo del
pasado africano: la aparición, con el tráfico negrero y la colonización,
de estereotipos raciales generadores de desprecio y de incomprensión,
y tan profundamente anclados, que falsearon hasta los conceptos
mismos de la historiografía. A partir del momento en que se recurrió
a las nociones de blancos y de negros para nombrar genéricamente
a los colonizadores, considerados como avasallamiento económico
y psicológico. Reconocible por la pigmentación de su piel, convertido
en una mercancía entre otras, dedicado a trabajos pesados, el africano
llegó a simbolizar en la conciencia de sus dominadores una esencia
racial imaginaria e ilusionariamente inferior de negro. Ese proceso
de falsa identificación rebajó la historia de los pueblos africanos
en el espíritu de muchos, al rango de una etnohistoria en la que
la apreciación de las realidades históricas y culturales, no podía
más que ser falseada.
África, podemos decir, tiene una historia. Ha pasado el tiempo en
que, sobre lienzos enteros de mapamundis, representando ese continente
entonces marginal y esclavo, el conocimiento de los eruditos se
resumía en esta fórmula lapidaria que revela un poco su coartada:
"Ibi
sunt leones",
lo
cual significa:
"allí
hay leones".
Después de los leones se descubrieron las minas, tan provechosas,
y en la misma oportunidad, las tribus indígenas, propietarias de
aquellas, pero a las que se incorporaron como propiedades de las
naciones colonizadoras. Después, tras la época de las tribus indígenas,
se pasó a los pueblos impacientes al yugo, cuyo pulso latía ya al
ritmo de las luchas de liberación.
La Historia de África, como la de la Humanidad entera, es en efecto,
la historia de una toma de conciencia. La Historia de África, debe
ser reescrita, porque, hasta ahora, con frecuencia ha sido enmascarada,
camuflada, desfigurada, mutilada, por la fuerza de las cosas, es
decir, por la ignorancia y el interés. Ese continente, postrado
durante siglos de opresión, ha visto generaciones de viajeros, de
negreros, de explotadores, de misioneros, de embajadores y eruditos
de toda raza, petrificar su imagen con el rictus de la miseria,
de la barbarie, de la irresponsabilidad y del caos. Y esa imagen
se ha proyectado, extrapolada al infinito, río arriba del tiempo,
justificando de ese modo el presente y el futuro.
La Historia, es la memoria de los pueblos. Este retorno a sí mismo
puede, además, revestir el valor de una catarsis liberadora, como
la inmersión en uno mismo, que al revelar las bases de las trabas
de nuestra personalidad, rompe de una vez los lazos que amarran
nuestra conciencia. Es preciso entonces, que la verdad histórica,
matriz de la conciencia auténtica, salga a la luz, firmemente probada
y fundada.
Las dificultades específicas de la Historia de África se observan
ya en la realidad de la geografía física. Continente solitario como
ninguno, África parece dar la espalda al resto del Viejo Mundo,
al que se une solamente mediante el istmo de Suez. El único paso
importante entre el Sahara y los Montes Abisinios, está obstruido
por las inmensas marismas de Bahr el-Ghazal. Con su violencia, los
vientos y corrientes marinas arrecian desde Cabo Blanco hasta Cabo
Verde. En el seno del continente tres desiertos agravan el aislamiento
exterior. En el Sur, el Kalahari. En el centro, el Desierto Verde
de la selva ecuatorial. En el Norte, el Sahara, que, con la franja
montañosa de los Atlas, disocia la zona mediterránea de la del resto
del continente.
Durante toda la Prehistoria, estos poderes ecológicos mencionados
han pesado enormemente sobre el destino africano en todos los aspectos.
No es fruto del azar que los primeros reinos del África negra se
hayan desarrollado en las regiones abiertas, cerca de la zona costera,
las cuales son la prueba de que el aislamiento ha sido uno de los
factores claves de la lentitud africana frente a los progresos de
otras civilizaciones, lo cual le ha impedido alcanzar el umbral
de concentración demográfica que casi siempre ha sido una de las
precondiciones de los mayores cambios cualitativos en el aspecto
económico, social y político. Además la sangría demográfica y severa
de la trata de negras desde tiempos inmemoriales y, sobre todo,
desde el comercio negrero del siglo XV al XX, no ha podido más que
contribuir a privar a África del vigor humano y de la estabilidad
necesarios a toda creación eminente, incluso en el plano tecnológico.
La
naturaleza y los hombres, la geografía y la historia, no han sido
suaves para África. Y es indispensable alcanzar esas condiciones
fundamentales del proceso evolutivo para plantear los problemas
en términos objetivos y no en forma de mitos aberrantes, como la
inferioridad racial, el tribalismo congénito y la pretendida pasividad
histórica de los africanos.
Tres fuentes principales constituyen los pilares del conocimiento
histórico africano: los documentos escritos, la arqueología, y la
Tradición oral. Estas tres fuentes se encuentran apoyadas por la
lingüística y la antropología que permiten matizar y profundizar
la interpretación de los datos, a veces demasiado toscos y estériles,
sin este enfoque más íntimo.
Las fuentes escritas, si no muy raras, al menos están mal distribuidas
en el tiempo y en el espacio. Los siglos más oscuros de la historia
africana, son los que disponen de la luz clara y precisa, que emana
de los testimonios escritos - por ejemplo, los siglos que preceden
y siguen al nacimiento de Cristo -, siendo privilegiada, a este
respecto, África del Norte. En el plano cuantitativo, masas considerables
de materiales gráficos de carácter narrativo, permanecen aún inexplorados,
como lo prueban los recientes inventarios parciales de los manuscritos
inéditos referentes a la Historia del África negra, que se han descubierto
no solo en las bibliotecas de Marruecos, Argelia y Europa, sino
también en las bibliotecas de los notables y eruditos sudaneses
a través de las ciudades del Níger. Los testigos mudos revelados
por la Arqueología, son frecuentemente más elocuentes que los testigos
de turno, que constituyen los autores de ciertas crónicas.
La arqueología ha prestado ya muchos servicios a la
Historia Africana, por sus prestigiosos descubrimientos, sobre todo
- es el caso para varios millares de milenios del pasado africano
- cuando no existe ninguna crónica oral o escrita disponible. Sólo
objetos testimoniales, enterrados con aquellos para quienes atestiguan,
sobre un pasado sin rostro y sin voz. Algunos de estos testigos
son particularmente significativos como marcas y medidas de civilización:
los objetos de hierro y su tecnología, los de cerámica con sus técnicas
de producción y sus estilos, los artículos de vidrio, las escrituras
y los estilos gráficos, las técnicas de navegación, pesqueras y
textiles, los productos alimenticios, así como las estructuras geomorfológicas,
hidráulicas o vegetales, vinculadas a la evolución del clima.
El
lenguaje de los hallazgos arqueológicos tiene por naturaleza algo
de objetivo e irrecusable. Así es como el estudio de la tipología
de las cerámicas, de los objetos de hueso y de metal en el Sahara
níger-chadiano, demuestra la unión entre los pueblos preislámicos
de la cuencia chadiana y las áreas culturales que se extienden hasta
el Nilo y del desierto libio: estatuillas de arcilla cocida con
talabartes cruzados, adornos corporales de figurines, formas de
vasos y brazaletes, de arpones y huesos, de cabezas o puntas de
flecha y de lanza.
Junto a las dos fuentes principales de la Historia africana - los
documentos escritos y la arqueología - la Tradición Oral, aparece
como el depósito y vector del capital de creaciones socio-culturales
acumuladas por los pueblos considerados carentes de escritura: un
auténtico museo vivo. La Tradición épica en particular, es una recreación
paramítica del pasado. Una especie de psicodrama que revela a la
comunicad sus raíces y la masa de valores que sustentan su personalidad:
un viático encantado para remontar el río del tiempo hacia el reino
de los antepasados.
Esa es la razón de que la palabra épica no coincida exactamente
con la palabra histórica. En el discurso épico, la fragilidad de
la cadena cronológica constituye su verdadero talón de Aquiles,
las revueltas secuencias temporales, crean un rompecabezas en que
la imagen del pasado no nos llega clara y estable como en un bueno
espejo, sino como un fugaz reflejo titilante en la agitación del
agua. La duración media de los reinados o de las generaciones, es
un tema vivamente controvertido en que las extrapolaciones a partir
de los períodos recientes son muy poco seguras, y solo sería así
con motivo de las mutaciones demográficas y políticas. A veces,
una dinastía excepcional o un personaje cariñoso polariza sobre
sí las hazañas de sus predecesores y sucesores literalmente eclipsados.
Así ha ocurrido con dinastías de Ruanda y con Da Monzon, rey de
Segú - principios del siglo XIX - a quien los griots atribuyen toda
conquista importante de ese reinado.
Por otra parte, el texto literario oral sacado de su contexto, es
como un pez fuera del agua: muere y se descompone. Aislada, la Tradición
pierde su carga de sentido y vida. El contenido mismo del mensaje
es con frecuencia hermético, incluso esotérico. Para el africano
la palabra es dura. Es fuerza ambigüa que puede hacer y deshacer,
por eso no la articula abierta y directamente. Se la envuelve con
apólogos, alusiones, sobrentendidos, proverbios, claroscuros para
los más, pero luminosos, para los que están provistos de las antenas
de la sabiduría.
En
África, la palabra dura no se derrocha. Y cuanto más se está en
posición de autoridad, menos se habla en público. Ese hermetismo
del decir a medias rubrica a la vez el valor inestimable y los límites
de la Tradición oral, puesto que su riqueza es casi imposible de
traspasar íntegramente de una lengua a otra, sobre todo cuando esa
otra es estructural y sociológicamente distinta. La Tradición se
lleva muy mal con la traducción. Desenraizada, pierde su savia y
su autenticidad, porque la lengua es la casa del ser. Muchos errores
imputados a la Tradición, provienen de intérpretes incompetentes.
A pesar de ello, hoy está ampliamente probada la validez de la Tradición
oral. Así el relato o contenido de la Tradición, sea épico, prosaico,
didáctico o ético, puede ser histórico, es revelador del cúmulo
de usos y valores que animan a un pueblo y condicionan sus actos
futuros por medio de la representación de los arquetipos de ayer.
Haciendo eso, la epopeya refleja, pero también crea Historia. Por
todo lo expuesto podemos decir que la Tradición oral es una fuente
completa, cuya metodología está en lo sucesivo bastante bien establecida
y que confiere a la Historia del continente africano una poderosa
originalidad.
Los primeros estudios sobre la Historia de África son tan antiguos
como el principio de la historia escrita. Los historiadores del
antiguo mundo mediterráneo y los de la civilización islámica medieval
tomaron como punto de referencia el conjunto del mundo conocido,
que comprendía una porción importante del África. El África, al
norte del Sahara era parte integrante de esas dos civilizaciones
y su pasado constituía uno de los centros de interés de sus historiadores
por las mismas razones que el de Europa meridional o del Próximo
Oriente. La historia del África del Norte ha continuado siendo una
parte esencial de los estudios históricos hasta la expansión del
Imperio otomano en el siglo XVI.
Tras la expedición de Napoleón Bonaparte a Egipto
en 1798, África del Norte se convirtió de nuevo en un campo
de estudios no despreciable para los historiadores. Con la expansión
del poder colonial europeo en África del Norte, consecutiva a la
conquista de Argel por los franceses en 1830 y a la ocupación de
Egipto por los británicos en 1882, un punto de vista europeo colonialista
dominó los trabajos sobre su historia. Sin embargo, a partir de
1930, el movimiento modernista en el Islam, el desarrollo de la
enseñanza de estilo europeo en las colonias de África del Norte
y el nacimiento de los movimientos nacionalistas norteafricanos
comenzaron a combinarse para hacer surgir escuelas autóctonas de
historia, que escribían no sólo en árabe, sino en francés e inglés,
y así restablecían el equilibrio de los estudios históricos de África
del Norte.
(Continuará)
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