|
La mayor parte de las obras literarias son Tradiciones,
y todas las tradiciones conscientes son discursos orales. El origen
de las tradiciones se sitúa ora en el testimonio ocular, ora en
un rumor, ora en una creación nueva a partir de diferentes textos
orales existentes, tramados y arreglados para crear un mensaje nuevo.
La tradición oral es un mensaje transmitido de una generación a
la que sigue.
Un documento
verbal puede definirse de varios modos, puesto que un testigo puede
interrumpir su testimonio, corregirse, proseguir, etc. También hay
que usar algo arbitrario para definir el testimonio, como el conjunto
de todas las declaraciones de una persona que se refiere a una misma
secuencia de acontecimientos pasados, con tal que el testigo no
haya adquirido nuevos conocimientos entre las diferentes declaraciones.
Porque en este último caso, la transmisión sería alterada y nos
encontraríamos ante una nueva tradición.
Hay personas
que conocen tradiciones que se refieren a toda una serie de acontecimientos
diferentes, principalmente los especialistas, como los griots. Se
conoce el caso de una persona que utiliza dos tradiciones diferentes,
respecto a una misma evolución histórica.
Como todos
los discursos, la forma y los cánones literarios influencian el
contenido del mensaje; esa es la razón primera, por la que hay que
colocar las tradiciones en el marco general de un examen de las
estructuras literarias. En algunos casos las palabras son usadas
de memoria; en otros, la elección se deja al artista. En algunos
casos una serie de reglas formales especiales, incrementan la gramática
del lenguaje ordinario y en otros casos, ese aparato convencional
no existe.
Todo lo que
la sociedad juzga importante para el buen funcionamiento de sus
instituciones, para una buena comprensión de los estatutos sociales
y de las funciones correspondientes, y para los derechos y obligaciones
de cada uno, todo ello es transmitido cuidadosamente. En una sociedad
oral, eso será por medio de la tradición, mientras que, en la sociedad
que escribe, solo los recuerdos menos importantes se dejan a la
tradición. Durante mucho tiempo, ese hecho ha inducido a los historiadores
a un error cuando creían que las tradiciones eran una especie de
cuentos de Calleja, de canciones de cuna o juego de niños.
Casa institución
social y grupo social posee también una identidad propia, que va
acompañada de un pasado inscripto en las representaciones colectivas
de una tradición, que da cuenta de ella y la justifica. Por eso,
cada tradición poseerá su superficie
social, empleando la expresión de H. Moniot:
|
|
“Sin superficie social, la tradición no sería
transmitida y carecería de función; perdería su razón de ser
y sería abandonada por la institución que la sustenta”
|
Quien dice
tradición en historia africana, dice tradición oral, y ningún intento
de penetrar la historia y el alma de los pueblos africanos, podría
ser válido, si aquella no se apoya en esa herencia de conocimientos
de todo orden, pacientemente transmitidos de boca a oído y de maestro
a discípulo, a través de los tiempos. Esa herencia no se ha perdido
aún y reposa en la memoria de la última generación de los grandes
depositarios, de la que se puede decir que ellos son la memoria
viviente de África.
Durante mucho
tiempo se ha pensado en las naciones modernas donde lo escrito prima
sobre lo hablado y donde el libro es el principal vehículo del patrimonio
cultural, y que los pueblos sin escritura eran pueblos sin cultura.
Esa opinión totalmente gratuita, ha comenzado felizmente a desmoronarse
después de las dos últimas guerras, gracias a los trabajos importantes
de algunos grandes etnólogos de todas las naciones. Hoy gracias
a las pesquisas realizadas por los investigadores, el velo se levanta
más aún, sobre los tesoros de los conocimientos transmitidos por
la tradición oral y que pertenecen al patrimonio cultural de la
humanidad entera.
Para algunos
investigadores todo el problema es saber, si se puede otorgar a
la oralidad, la misma confianza que a lo escrito, para testimoniar
cosas del pasado. El testimonio, escrito u oral, no es finalmente
más que un testimonio humano y vale lo que vale el hombre. Los primeros
archivos o bibliotecas del mundo, fueron los cerebros de los hombres.
Además, antes de plasmar sobre el papel los pensamientos que el
hombre concibe, el escritor o erudito se entrega a un diálogo secreto
consigo mismo. Antes de redactar un relato, el hombre recuerda los
hechos tal como le han sido referidos, o bien, si los ha vivido,
tal como se los cuenta a sí mismo.
No solo en
las sociedades orales la función de la memoria es la más desarrollada,
sino que ese vínculo entre el hombre y la Palabra, es el más fuerte.
Allí donde el escrito no existe, el hombre está ligado a su palabra.
Y está comprometido por ella. Él es
su palabra y su palabra, testimonia lo que él es. La cohesión
misma de la sociedad, reposa sobre el valor y el respeto de la palabra.
En cambio, a medida de la invasión de lo escrito, se ve que el mismo
sustituye poco a poco a la palabra y se convierte en una única prueba
y en un único recurso, y la firma, llega a ser el único compromiso
reconocido, mientras que el profundo vínculo sagrado que unía al
hombre con la palabra, se debilita progresivamente, en provecho
de los convencionales títulos universitarios.
Además de
un valor moral fundamental, la palabra asume en las tradiciones
africanas - principalmente las que se extienden a toda la zona de
la sabana al sur del Sahara - un carácter sagrado, unido a su origen
divino y a las fuerzas ocultas depositadas en ella. Agente mágico
por excelencia y gran portador y vector de las fuerzas
etéricas, no se la usaba sin prudencia.
Numerosos
factores religiosos, mágicos o sociales, concurren pues para preservar
la fidelidad de la transmisión oral. Si se preguntase a un auténtico
tradicionalista africano, ¿qué es la tradición oral?, sin duda respondería:
“Es el conocimiento total”, y no diría
nada más.
Contrariamente
a lo que algunos podrían pensar, la tradición oral africana no se
limita a cuentos y leyendas o incluso a relatos míticos o históricos;
los griots están lejos de ser los únicos conservadores y transmisores
calificados.
La tradición
oral es la gran escuela de la vida, que recubre y abarca todos los
aspectos. Ella puede parecer un caos a aquel que no penetra su secreto.
En ella, lo espiritual y lo material no están disociados. Al pasar
de lo esotérico a lo exotérico, la tradición oral sabe ponerse al
alcance de los hombres, hablarles según su entendimiento y desarrollarse
en función de las actitudes de ellos. Es todo a la vez, es religión,
conocimiento, ciencia de la naturaleza, iniciación de oficios, historia,
diversión y recreación, con toda clase de detalles que pueden permitir
siempre subir hasta la Unidad primordial.
Fundada sobre
la iniciación y la experiencia, la tradición oral abarca al hombre
en su totalidad, y por eso se puede decir que contribuye a crear
un tipo de hombre particular y a esculpir el alma africana. Unida
al comportamiento cotidiano del hombre y de la comunidad, la cultura
africana no es por consiguiente, una materia abstracta que se pueda
aislar de la vida. Implica una visión particular del mundo, o más
bien una presencia particular en el mundo, concebido como un Todo,
en el que todo está unido e interactuando.
La tradición
actual se apoya en una determinada concepción del hombre, de su
lugar y de su misión en el seno del Universo. La tradición en la
cual se fundamenta la mayoría de los pueblos subsaharianos, - tradiciones
de la sabana al sur del Sahara (lo que se llamaba antiguamente Bafur
y que constituía las zonas de sabana de la antigua África occidental
francesa) - como por ejemplo: “La Tradición Bambara del Komo” la
cual es una de las grandes escuelas de iniciación de Mandé - Malí,
enseña que la Palabra
es una fuerza fundamental que emana del Ser Supremo mismo - Maa Ngala -, creador de todas las cosas.
La Palabra es el instrumento
de la creación. “Lo que Maa Ngala dice, es”.
El mito de
la creación del Universo y del hombre, enseñado por el Maestro iniciador
del Komo - que es siempre un herrero - a los jóvenes circuncisos,
nos revela que, cuando Maa
Ngala sintió la nostalgia de un interlocutor, creó al primer
hombre: Maa.
Antiguamente,
el Génesis se enseñaba durante los sesenta y tres días de retiro,
impuesto a los circuncisos cuando cumplían veintiún años, y después
se ocupaban otros tantos años, en estudiarlo y profundizarlo.
En el límite
del bosque sagrado, mansión del Komo, el primer circunciso cantaba
las siguientes palabras:
¡Maa Ngala!
¡Maa Ngala!
¿Quién es Maa
Ngala?
¿Dónde está Maa Ngala?
El chantre
(cantor) del Komo respondía:
“Maa Ngala,
es la Fuerza Infinita.
Nadie puede situarla en el tiempo, ni en el espacio.
Él es Dombali
(incognoscible),
Dambali (no creado-infinito).
Relato del génesis primordial:
No existía nada, sino un Ser.
Ese Ser era un Vacío viviente,
que cobija potencialmente las existencias contingentes.
El Tiempo infinito era la mansión de ese Ser-Uno.
El Ser-Uno se dio el nombre de Maa Ngala.
Entonces creó a Fan,
un Huevo maravilloso con nueve divisiones,
y allí introdujo los nueve estados fundamentales
de la existencia.
Cuando ese huevo primordial llegó a abrirse, dio
nacimiento a veinte seres fabulosos que constituían la totalidad
del Universo y la totalidad de las fuerzas existentes del conocimiento
posible.
Pero, ¡ay!, ninguna de esas veinte primeras criaturas
se mostró apta para llegar a ser el interlocutor que Maa Ngala había deseado para sí mismo.
Entonces tomó una partícula de cada una de las
veinte criaturas existentes, luego las mezcló, insuflando en esa
mezcla una chispa de su propio soplo ígneo, y creó un nuevo Ser,
el Hombre, a quien dio una parte de su propio nombre: Maa.
De suerte que ese nuevo ser contenía, por su nombre y por la chispa
divina introducida en él, algo del propio Maa
Ngala.
Síntesis
de todo lo que existe y receptáculo por excelencia de la Fuerza
Suprema al mismo tiempo, en el que concluyen todas las fuerzas existentes,
Maa, el Hombre, recibió
en herencia una parcela del Poder Creador Divino, el don del Espíritu
y la Palabra.
Maa Ngala enseñó a Maa, su interlocutor, las leyes según
las cuales todos los elementos del cosmos fueron formados y continúan
existiendo. Le instauró como guardián de su Universo y le encargó
vigilar el mantenimiento de la Armonía Universal.
Iniciado
por su Creador, Maa transmite
más tarde a su descendencia la suma total de sus conocimientos,
siendo ese el inicio de la gran cadena de transmisión oral iniciática
por la cual la orden del Komo, se cree uno de los primeros continuadores.
Cuando Maa Ngala hubo creado a su interlocutor,
Maa le habló y dotó al
mismo tiempo de la facultad de responder. Se entabló un diálogo
entre Maa Ngala, creador de todas las cosas,
y Maa, simbiosis de todas
las cosas.
Al descender
de Maa Ngala hacia el
hombre, las palabras
eran divinas, porque no habían entrado aún en contacto con la materialidad.
Tras su contacto con la corporeidad, las palabras perdieron un poco
de su divinidad, pero se cargaron de sacralidad. Así sacralizada
por la Palabra Divina, la corporeidad emite a su vez vibraciones sagradas
que establecieron la relación con Maa
Ngala. La Tradición Africana concibe, entonces, la palabra, como un don de Dios. Ella es a la vez divina, y sagrada.
Se ha dicho
y enseñado que Maa Ngala
ha depositado en Maa
las tres potencialidades del poder, del querer y del saber, contenidas
en los veinte elementos de los que fue compuesto. Pero todas esas
fuerzas de las que es heredero, reposan en él como fuerzas mudas
en estado estático, antes que la palabra llegue a ponerlas en movimiento
Gracias a la vivificación de la palabra divina, esas fuerzas se ponen
a vibrar. En un primer estadio se convierten en pensamiento; en
un segundo estadio se convierten en sonido y en un tercer estadio,
se convierten en palabra. Así la palabra
es considerada como la materialización o exteriorización de las
vibraciones de las fuerzas.
Cabe destacar
que los términos palabra
o escucha, cubren realidades mucho más vastas
que las que nosotros les atribuimos ordinariamente: “La palabra de Maa Ngala, se oye, se siente,
se gusta y se toca”. Esta es una percepción total, un conocimiento,
en el que todo el ser se encuentra comprometido. Asimismo, al ser
la palabra la exteriorización de las vibraciones de las fuerzas,
toda manifestación de una fuerza, en cualquier forma que esté, será
considerada como su palabra. Por eso, todo habla en el Universo,
todo es palabra que ha tomado
cuerpo y forma.
Si la palabra
es fuerza, ello se debe a que crea un vínculo generador de movimiento
y ritmo y, por consiguiente, de vida y acción. A imagen de la palabra
de Maa Ngala de la que es un eco, la palabra
humana, pone en movimiento las fuerzas latentes, las acciona y las
suscita, como cuando un hombre se levanta o se vuelve al oír su
nombre.
La palabra
humana tanto puede crear la paz, como puede destruirla. Ella es
como la imagen del fuego. Una sola palabra mal recibida, puede desencadenar
una guerra, como una ramita ardiendo puede provocar un vasto incendio.
El adagio malí declara:
”¿Qué es
lo que dispone favorablemente una cosa? La
palabra. ¿Qué es lo que
deteriora una cosa? La palabra. ¿Qué es lo que
mantiene una cosa en su estado?
La palabra”.
Así entonces,
la Tradición confiere a la Palabra,
no sólo un poder creador, sino una doble función de conservación
y destrucción. Por eso, ella es por excelencia el gran agente activo
de la magia africana.
Lo mismo que la palabra divina de Maa Ngala ha llegado a animar las fuerzas
cósmicas que reposaban estáticas en Maa, así la palabra del hombre viene a animar, a poner en movimiento
y a suscitar las fuerzas que permanecen estáticas en las cosas.
Al extraer
de lo sagrado su poder creador y operativo, la palabra, según la
Tradición africana, está en relación directa bien con el mantenimiento,
bien con la ruptura de la armonía, tanto en el hombre, como en el
mundo que lo rodea. Por eso la mayor parte de las sociedades orales
tradicionales, considera la mentira como una verdadera lepra mora.
En el África tradicional, aquel que falta a su palabra, mata a su
persona civil, religiosa y oculta, y se separa de sí mismo y de
la sociedad. Su muerte es preferible a su supervivencia, tanto para
sí mismo, como para los suyos. El chantre del Komo Dibi, de Kulikoro
- Malí -, ha cantado en uno de sus poemas rituales:
“La palabra
es divinamente exacta,
conviene
ser exacto con ella.
La lengua
que falsea la palabra,
vicia la
sangre de aquel que miente”.
La sangre
simboliza aquí la fuerza vital interior, cuya armonía es perturbada
por la mentira.
“El que falta a su palabra se engaña a sí mismo”
dice el adagio, cuando se piensa una cosa y se
dice otra, se rompe la unidad sagrada, reflejo de la unidad cósmica,
creando la desarmonía en sí, como en torno de sí.
Los maestros
de la palabra son muy
respetados en África, pues en primer lugar, ellos se respetan a
sí mismos. Interiormente en orden, ya que no debe mentir nunca,
es un hombre dueño de las fuerzas que lo habitan. A su alrededor,
las fuerzas se ordenan y los disturbios se apaciguan.
La Tradición
africana destaca entonces la importancia del “respeto por la palabra”;
por ello podemos decir, que África ha conservado fielmente todo
lo que ha heredado de sus antepasados, así los grandes depositarios
de esa herencia oral, son los llamados “tradicionalistas”.
Memoria viviente de África.
Conservador
de los secretos del Génesis cósmico y de las ciencias de la vida
y dotado en general de una memoria prodigiosa, el tradicionalista
es la memoria de los pueblos, verdadera biblioteca viviente, encargado
de conservar los anales de los Estados o de las tribus, las genealogías
de las grandes familias, las creencias religiosas, las costumbres
políticas, jurídicas o sociales. Contribuye a mantener la continuidad
histórica con las generaciones pasadas, a preservar las características
específicas de cada grupo humano, su historicidad.
Así, una historia que se precie de ser africana
por naturaleza, deberá necesariamente apoyarse en el irreemplazable
testimonio de los africanos altamente preparados y calificados para
ello.
Independientemente
del entredicho de mentira, el tradicionalista practica la disciplina
de la palabra y no reparte ésta desconsideradamente. Porque si la
palabra, se considera exteriorización de la vibración de las fuerzas
interiores, la fuerza interior nace, a la inversa, de la interiorización
de la palabra. Con esa óptica se comprenderá mejor la importancia
dada por la educación africana tradicional, al dominio de sí. Hablar
poco, es la señal de una buena educación y el signo de la nobleza.
El muchacho aprenderá muy pronto a dominar la expresión de sus emociones
o de su sufrimiento y a contener las fuerzas que están en él, a
imagen del Maa primordial,
que contenía en sí mismo, sometidas y ordenadas, las fuerzas del
Cosmos.
Aunque las
ciencias ocultas y esotéricas son patrimonio de los chantres de
los dioses e iniciados en los rituales, correspondientes de cada
grupo étnico; la música, la poesía lírica y los cuentos que animan
las recreaciones populares, y frecuentemente también la historia,
corresponden a los griots, especie de trovadores o juglares que
recorren el país o están afectados a una familia.
Por ello
existe una gran diferenciación entre los tradicionalistas que saben
enseñar divirtiendo y poniéndose a la altura de su auditorio, como
los trovadores, narradores y animadores públicos que son en general,
de la casta de los griots. La disciplina de la verdad no existe
para estos últimos, reconociéndoles la tradición el derecho de tergiversarla
o embellecerla, incluso toscamente, con tal que lleguen a distraer
o interesar a su público. Se dice que “al griot le es permitido
tener dos lenguas”. Por el contrario, nadie pone en duda la veracidad
de las palabras de un tradicionalista conocedor de los secretos
iniciáticos o referentes a las ciencias de la Naturaleza.
Cabe destacar,
que en las sociedades africanas donde se encuentra muy desarrollado
el sentimiento de grupo, no hay lugar para el individualismo; las
obras de los poetas se convierten rápidamente en bien común. Al
pasar de boca en boca van enriqueciéndose, hasta transformarse en
creación colectiva, pues la Tradición Oral no es estática, sino
dinámica. Cada individuo del grupo se considera con derecho a aportar
algo de sí a la herencia que ha recibido de los antepasados, a añadir
alguna modalidad personal a su interpretación, lo que contribuye
a conservar las tradiciones llenas de frescura y espontaneidad.
Lo contrario del estatismo que conlleva la palabra escrita. Ser
poeta en África, es una forma de actividad social a la que todos,
o casi todos, pueden y deben entregarse en ciertas circunstancias.
Si bien la
literatura africana trata todos los grandes temas literarios universales:
el amor, la muerte, los dioses, las fuerzas ocultas, la realidad
circundante, la guerra; es el Hombre, el tema fundamental de la
misma. Lo que más sorprende es su énfasis en el ser humano y en
todos sus estados anímicos. Muy pocas veces en las literaturas de
otras partes del mundo, ha sido representado el hombre tan anclado
inexorablemente en la tierra, tan obsesivamente sujeto a ella, tan
amante de su naturaleza humana.
|