La Religión Tradicional del África Negra inserta en América, define una nueva presencia ritual dentro de nuestro contexto social. Posee la influencia de la zona que antiguamente era conocida como “Costa de Oro” o antiguo “Dahomey”, y el sector del Congo y Angola. A menudo se ha dicho que las religiones provenientes del África, son llamadas “religiones paganas o primitivas”, y que estas consideraciones pueden provenir de la definición de “sociedades tribales”, que componen los esquemas socio-políticos de ese continente. Asimismo, se ha clasificado al africano, de individuos incultos y sin religión específica. Sin embargo, si estudiamos el continente en toda su composición, observaríamos que si bien estas sociedades pueden expresar una estructura tribal, el concepto religioso de su constitución, muchas veces puede ser más profundo que el sentido contemporáneo interpretado en los valores religiosos de culturas más avanzadas.

Como lo expresara el antropólogo Maurice Delafosse en su libro “Las Civilizaciones Negras Africanas”:

“...No existe (en África Negra) institución alguna, sea en el dominio social, sea en lo político, ni aún en materia económica, que no descanse sobre la concepción religiosa o que no tenga por piedra angular la Religión. Esos pueblos, de quienes a veces se ha negado que poseyeran religión alguna, se encuentran en realidad, entre los más religiosos de la Tierra...”.

En suma, el creyente de esta modalidad religiosa define su religión como "un modelo de organización basado en el amplio concepto de familia, que se conserva unido al concepto de las diferentes Identidades Espirituales”. Pero el occidental la define dentro de los términos de “Tradicional, étnica y animista”.

Es tradicional y étnica porque está inserta dentro del desarrollo social de cada grupo. Y es en cada grupo donde podemos descubrir los diferentes rituales, y en la organización total de la sociedad donde se conserva el constante respeto por las fuerzas espirituales. De esta manera, las prácticas religiosas trasladadas a nuestro continente, y que se practican en la actualidad, conservan intactos estos modelos de organización fundamental, que se hacen visibles en las estructuras de cada Casa Religiosa, y en la relación socio-familiar de cada grupo que armonizan dentro de la misma.

Por ello, un grupo que comparte este sentir religioso, manifiesta una interrelación familiar que está unida a valores de una tradición que comienza a efectivizarse en el respeto por las Identidades Espirituales. El concepto animista al que ha sido objeto de calificación, interpreta que los objetos de culto están impregnados de una envoltura “sagrada”, que en última instancia, posibilita determinar el límite de lo mundano con lo trascendental del espíritu.

Ceremonia Tradicional

Compartiendo las palabras de Renam Ernest:

“ ...El sentimiento religioso es para el hombre en sí mismo, su propia verdad, a tal punto que la Razón no puede fortificarlo, ni debilitarlo. Es como argumentar sobre el amor; y probar a la Razón que es poco razonable. Es en definitiva para un análisis racional, la lógica; para un análisis religioso, la Fé y la Intuición. Es entonces la razón aplicada a los sentimientos religiosos intuitiva y natural ...”

Pero los valores místicos de esta religión, incorpora el sentido de la “Fuerza Vital”, que es la que fortalecería la existencia de la vida. Es una creencia que enaltece la idea absoluta de un “Supremo Creador, que es quien dirige el mundo de los vivos y de todo aquello de existencia material”. Su presencia es absoluta, es quien creó todas las cosas, es dador de la vida, del hálito vital y el juez último de todas las cosas.

En otras palabras, es quien controla desde los fenómenos de la Naturaleza hasta las conductas de los hombres, como parte indispensable de ese orden creado. Este Supremo Creador se manifiesta al mundo a través de diferentes fuerzas espirituales, llamadas Orisas; las cuales son Identidades impregnadas de vida en una constante transformación, posibilitando la evolución y el crecimiento de la naturaleza. Son dinámicas, lo que permite al rendirles culto, generar el movimiento necesario para las constantes necesidades cotidianas del hombre y el medio en que vive.

En consecuencia, el agua, la tierra y el aire, fenómenos que posibilitan en su conjunto el desarrollo y el crecimiento de todo lo que existe en el ciclo de la vida, permite el crecimiento y desarrollo del hombre como parte íntegra y modeladora de este conjunto armónico. Constituye la espina dorsal, la piedra angular de la cultura del África. Es el epicentro en torno del cual giran todos los hechos o acontecimientos de la comunidad que coexisten en perfecta armonía y que posibilitan guiar a los hombres, dentro del camino trazado de su vida, al que podemos denominar “Ori-Inú”, es decir “Destino”.

Esta creencia acepta la idea de la existencia de fuerzas positivas y negativas, manifestadas en forma de energías que están incorporadas en la Naturaleza, y en consecuencia, están incorporadas en el hombre, y siendo el mismo hombre, quien descubre durante el desarrollo de su vida las diferentes concepciones del bien y del mal dentro del consenso social en que vive, es en definitiva, quien dirige sus energías en uno u otro sentido. Esta creencia está sustentada en la fuerza de la mitología, que es patrimonio de los ancianos.

El respeto por los más ancianos se sustenta en la identidad espiritual de los “Ancestros”.  La idea del ancestro está íntimamente relacionada con el principio de la continuidad de la vida, después de la muerte. Nuestra religión no cree en la muerte, como el símbolo final de la existencia del ser. Esta concepción se fundamenta en que el hombre posee una vida natural biológica y una vida contenida en la “fuerza vital”.

CEREMONIA RITUAL

La primera culmina con la existencia y la segunda retoma al mundo de partida, proceso ocurrido durante la gestación, entrelazándose nuevamente dentro del mundo espiritual. Y, desde allí, puede ayudar a sus descendientes a reencarnar o reaparecer en el mundo de los vivos, dentro del cuerpo biológico de algunos de sus descendientes. El Sacerdote es la persona encargada de mantener intacta la transmisión y el que supervisa las diferentes actividades rituales del culto.

Debe mantener una estrecha relación con la comunidad que representa y que lo respeta como interpretador de los consejos de las distintas fuerzas espirituales. Si bien estas religiones han perdido en su transmisión oral algunas palabras o entonación de sus rezas, ha conservado hasta el presente, las partes que constituyen la esencialidad del culto.

Si bien podemos sostener que los procesos colonialistas han influenciado en la actual sociedad del África Negra, no podemos afirmar que la tradición mística se haya olvidado. Por el contrario, las concepciones religiosas siempre procuran sobrevivir en los grandes períodos de crisis social, bajo verdaderas formas sincréticas que permiten al hombre mantener intacta la esencia de su creencia.

Y así como sucede en la tierra natal del África, también las religiones africanas en América, encontraron en la fuente del sincretismo de las religiones dominantes, la fuerza de la supervivencia. Un sincretismo meramente social que no impide ni altera de ningún modo el fundamento del culto y las estructuras de sus rituales. Por último la religión conserva una larga historia, un cuerpo Sacerdotal jerárquico, una comunidad de creyentes y sus Templos. Sin embargo, no cuenta con textos sagrados. Esto se debe, a que la existencia de la religión solo puede conservarse de generación en generación, por medio de las prácticas rituales, las que permiten que el lenguaje místico solo sea transmitido de Sacerdote a Iniciado.

Y, como lo afirma Geoffrey Parrinder:

 “... tras la fachada de cultura y modernismo perduran muchas creencias tradicionales, porque las religiones son difíciles de extirpar y suelen resurgir después de un aparente lapso de siglos. La creencia de un Ser Supremo, es parte de la Religión Africana Tradicional y puede ser transmutada a las nuevas creencias; la veneración hacia los antepasados subsiste porque los hombres mueren aún y los lazos familiares son muy fuertes; por otra parte, las creencias mágicas pueden adecuarse a las muchas condiciones cambiantes de la vida...”

Si la ciencia de ayer hubiera conocido que la gran pirámide de Keops, ubicada en el valle del Río Nilo, en Egipto, era un libro científico abierto a la posteridad, donde hoy se sabe que existe una gran gama de mensajes simbólicos que expresan cifras astronómicas de gran exactitud, hubieran simplificado sus cálculos y encontrado los datos buscados con sólo descifrar los símbolos egipcios que, aunque siempre estuvieron ocultos a la vista del hombre común, no resultan ser imposibles para quien con amor y tesón se incline desprejuiciado a las enseñanzas esotéricas y las considere como un legado de nuestros antepasados.

Hoy se conocen centenares de datos científicos que han permanecido encerrados en las pirámides de Egipto y que los hombres de ciencias, producto del escepticismo y rechazo total al pensamiento metafísico, tuvieron que aguardar varias centurias para llegar a conocerlos. Existen en la actualidad otros simbolismos indicativos de conocimientos científicos que aún no han sido interpretados, entre ellos los valores que se ocultan en los mitos, fábulas y leyendas del cuerpo literario de Ifá. 

Podemos decir que de acuerdo a la mitología yoruba, según lo expresa el cuerpo literario de Ifá, el Universo es concebido como una esfera dividida en dos planos, el plano superior es representado por la mitad de una calabaza,  o “igbá”.  

DANZA ANCESTRAL. RITUAL DE FERTILIZACIÓN.

Este plano se denomina “Orun”, que significa “cielo”, y es el mundo sagrado donde viven o residen los Orisas y las almas de nuestros ancestros. En este plano, considerado como la residencia de los Orisas, habita “Olodumaré”, el Ser Supremo, al cual se lo puede comparar con el Dios de la religión católica, el Alá del Islam, el Zeus del Olimpo griego, y así sucesivamente.  

A “Olodumaré”, también se le conoce como “Olorun”, es decir, la fuerza suprema de la que emana toda la creación.

La palabra “Olodumaré” se deriva de las palabras yorubas: “O”: quien;

“Li”: posee, es dueño;

“Odu”, figura, indicación para la adivinación;

“Ma”, indica continuidad, y

“Are”, primero en rango, o sea que significa:

“El primero en rango, quien posee continuamente la figura que indica la adivinación”.

Si consideramos que los Odu, signos de Ifá, representan la explicación del mundo en la religión yoruba y que cada Odú, además, explica parte de él fraccionariamente, podemos imaginar el carácter supremo de “Olodumare” como dueño de éstos. “Olodumaré” no recibe sacrificios como los demás Orisas, ni se le practica ningún ritual específico. No tiene Sacerdotes, ni símbolos, ni imágenes, ni templos. De Él solo se conoce su nombre. Es una palabra que está presente en todo lo que acontece en la Tierra.

Ifá plantea que la vida en la tierra se encuentra fraccionada en Odus, así como “Olodumaré” está fraccionado en el mundo. Por lo tanto se dice que “Olodumaré” no tiene identidad sexual y nada lo puede representar, porque es parte de todo lo que existe y todo lo que existe lo conforma a Él.

Un mito yoruba hace referencia a que en el principio, las cosas no se encontraban vivas, el cielo estaba solitario, no había pájaros, ni espíritus, ni nada. El cielo era entonces en forma de concha, allí se movía una idea, un pensamiento, esa idea era “Olodumaré”, ésta se fue enroscando y de ella brotó una palabra, la primera palabra que estremeció todo el Universo.

Esa palabra fue: “roo or”, la cual derivó a “roo-ro”  u “oro”, el principio de ella que representa al espíritu de la adivinación y que proporcionó a los seres humanos tres cualidades fundamentales:

la sabiduría: Ogbón;

el conocimiento: Imo;

y el entendimiento: Oyé.

Dice el mito que la palabra que salió de la idea fue conformando a “Olodumaré”, o sea, al mismo Universo. En este mito se revelan muchos aspectos esotéricos en cuanto a la creación, vista desde el punto dialéctico y filosófico.

MÁSCARA RITUAL.
MÁSCARA RITUAL ADORNADA CON BUZIOS


Ésta es una de las acepciones que se tiene de “Olodumaré”. De acuerdo al concepto yoruba cada ser humano al nacer está en correspondencia con la forma de su signo u Odú, el cual es marcado en una bandeja circular de madera conocida como Opón de Ifá y que a su vez, simbólicamente representa el Universo yoruba.

El primer profeta que marcó estas figuras en la tierra, se conoce con el nombre de “Orunmilá”, y su nombre etimológicamente se deriva de las palabras yorubas:

Orun: cielo;

Ami: signo , indicación, presagio; y

La: aparecer como el Sol, es decir,

“Del cielo, el presagio aparece como el Sol”.

El segundo plano es conocido como Aiyé, el mundo, el cual es el mundo visible, el plano físico representado por la otra mitad de la calabaza. Ambas mitades, la del “Orun”  y el “Aiye”, simbolizan la esfera del Universo yoruba. Este segundo plano es el mundo tangible del ser humano. Sabemos que la residencia de las personas en el mundo material, no es permanente, cada cual viene a este plano a cumplir una encomienda en un tiempo determinado, viven en él, parten hacia el Orun, y vuelven a renacer en la Tierra, cumpliéndose así el ciclo espiritual de existencia, concebido por los yorubas.

Un dicho popular yoruba nos dice:

El Mundo es un mercado,

donde nosotros visitamos.

El otro mundo,

el Orun, es nuestra casa”.

La religión yoruba se sustenta en un cuerpo de creencias y rituales donde las fuerzas naturales y sociales rigen la vida en la Tierra. Uno de los tantos mitos yorubas donde se hace referencia a la creación, está basado en la creencia de que la principal fuente de creación está en forma de esencia espiritual, denominada Asé, es decir, principio dinámico de realización, y “Olodumaré” es la existencia de Asé, es el propio Asé, es lo que da la posibilidad de que las cosas se realicen.

El Asé es la fusión de los cuatro elementos primordiales que forman el gran agente mágico universal, estos elementos son el fuego, el aire, el agua y la tierra. El Asé, proporciona las energías necesarias para formar una nueva vida, éstas son tomadas de los Orisas o fuerzas naturales, tales como los ríos, mares, el rayo, las piedras, etc.   El nuevo ser estará ligado directamente a la vibración original que influenció en él, esta energía vibratoria actúa en el nacimiento, haciendo que los elementos primarios se transformen según los procesos materiales y el cuerpo vaya tomando forma, estos elementos trabajan influenciados por tres principios creativos concebidos por los yorubas: 

El primero es: “Iwa”, principio de existencia;

el segundo es: “Asé”, principio de realización, y

el tercero: “Aba”, principio que permite que las cosas tengan orientación y dirección, en un sentido preciso.

Cada uno en su respectivo lugar, va formando, a partir del embrión, todas las partes del cuerpo. Todas las fuerzas son fundidas, hasta que nace el nuevo ser. La fuerza primaria que influyó en la formación y desarrollo del nuevo ser, se denomina Ángel de la Guarda u Orisa titular.

Los cuatro elementos son las fuerzas espirituales de Esú, que integran y dinamizan los diversos planos en que se divide la creación y que están representados por la vela, las invocaciones, el agua y los elementos mágicos religiosos utilizados en las diversas liturgias religiosas.

Otro de los mitos yorubas nos cuenta que: Olodumaré encargó el resto de la creación del mundo a dos Orisas: “Obatalá” o también llamado “Orisanlá” y  a “Oduduwa”. Así el mundo se creó en “Ilé Ifé”, ciudad sagrada para los yorubas ubicada en Nigeria, por mandato divino. “Olodumaré” envió a la Tierra a los mencionados Orisas para cumplir la orden divina de la creación, incluyendo al ser humano.

Se dice que “Oduduwa” bajó desde el cielo por una cadena, trayendo consigo una bolsa llamada “saco de existencia” o “apó-iwa”, en dicha bolsa traía cinco gallinas con cinco dedos en cada pata, un caracol, - okoto - lleno de tierra, nueces de kola y un camaleón. Oduduwa descendió sobre el mar y antes de pisarlo, sacó de su bolsa el caracol y allí sobre la superficie del mar echó la tierra que éste guardaba, sobre ésta colocó las cinco gallinas que con sus patas regaron la tierra, extendiéndola en todo su derredor, formando así la tierra firme e irregular. Para cerciorarse de la firmeza de la tierra, soltó sobre ella al camaleón y éste con pasos precavidos y tanteando la tierra pudo comprobar la solidez de ésta. Hasta hoy, viendo la actitud sigilosa del camaleón, se recuerdan sus primeros pasos.

En un sentido metafórico, este mito nos brinda ciertos aspectos filosóficos en cuanto a la creación, por ejemplo: la cadena nos recuerda que todos los procesos que se realizan durante la conformación de la vida, son encadenados, siguiendo una línea eslabonada de leyes y manifestaciones que dan lugar a un nuevo elemento natural creado.

El caracol, dentro de la simbología yoruba representa el crecimiento y además, al Orisa Esú, el poseedor del Asé. Se sabe que el caracol pertenece a una de las especies de los moluscos y que dentro de sus congéneres, fue la primera criatura que salió de los mares y se adaptó a la vida en tierra firme. La gallina simbólicamente representa a la creación, por su carácter fecundo. Se cree que la gallina fue la primera de las aves que se adaptó a la vida en la tierra. Por último el camaleón pertenece al grupo de los reptiles, siendo el primer grupo de invertebrados adaptados a la vida en lugares secos de tierra firme.

Así parecería que los yorubas conocían ya desde los primeros tiempos, lo que muchos años después se comprobaría por los científicos, zoólogos, geólogos, etc. Es muy significativo que escogieran estos animales para componer el cuerpo literario de sus mitos referidos a la creación, lo cual llama la atención y requiere de un profundo análisis y reflexión.

También podemos decir que la cadena representa al fuego, por el carácter simbólico de la forja de ésta, la gallina representaría al aire, por su carácter de ave en sus orígenes, el caracol al agua, puesto que es el medio original de su supervivencia y se cree que guarda este elemento en su seno, que va dejando como rastro cuando camina. Y por último el camaleón representaría a la tierra, medio en el cual vivió hace milenios, y hasta se dice que cambia su color para adaptarse y confundirse con el color del terreno en el cual descansa.

Dentro del mito yoruba se encuentra oculto el concepto primitivo de la creación, así este concepto fue incluido en el cuerpo literario que embellece el culto yoruba, implícito en los poemas, versos, leyendas, fábulas, mitos, etc., que lo componen y que además están dentro de los Odu de Ifá. Por esa razón es que los yorubas entienden que la vida en la tierra y todas las leyes que rigen la naturaleza, están fraccionadas cada una en los Odú de Ifá.

 El oráculo de Ifá es el más respetado de todas las formas y sistemas de adivinación de los yorubas de Nigeria y de los millones de sus vecinos africanos, así como sus descendientes en el nuevo mundo, llegando a convertirse en la actualidad en un sistema de adivinación casi universal. Todos los fenómenos y manifestaciones en la naturaleza tienen una figura o imagen de Ifá como resultante, Ifá  capta la geometría de los acontecimientos y los traduce en un lenguaje cifrado, implícito en los mitos, leyendas y fábulas.

Dentro del culto yoruba se conoce que cada ser humano tiene un Odú vinculado a él, y es en este Odú en donde está implícito su plan de vida y su plan de destino. En él está incluida toda su naturaleza biológica y humana, su personalidad, su conducta y los posibles cambios que puedan sucederse en su viaje por la vida. Dentro de cada Odú están presentes las enfermedades o dolencias que esa persona pueda tener tendencia a padecer o que sea vulnerable a estas dolencias ya clasificadas. Se deduce además, que cada persona es una ínfima parte del cuerpo espiritual de Olodumaré.

Así también se integran a los Orisas como referencia según su comportamiento y arquetipo para seguir y encaminar en la vida a cada uno de los seres humanos, y todos a su vez, conforman el arquetipo de Olodumaré. El enigma de la herencia por los siglos figuró entre los secretos divinos. Para la concepción religiosa del mundo, no existían los demás enigmas de la herencia. Lo principal fue dicho: el hombre es la creación de Dios y su semejanza.

Según relata un mito yoruba, en el principio, del cuerpo espiritual de Olodumaré brotaron dieciseis príncipes divinos en forma de rayo de luz, los cuales se esparcieron por todo el Universo. El caos reinante en aquel entonces provocó la asimilación de unos con otros, derivándose por ello un total de doscientos cincuenta y seis rayos divinos. Olodumaré les encomendó entonces, la agotadora  tarea de la creación. Un día fueron llamados por el Supremo, para que emprendieran un largo viaje hacia la Tierra para convertirla en un lugar habitable, con todas las condiciones necesarias para ser residencia de futuros pobladores, los cuales, por tal beneficio ofrecido, vivieron rindiendo culto a sus creadores.

A cada uno de los Orisas se les encomendó una tarea específica. Cuenta el mito que el primero que emprendió el viaje a la Tierra fue Babá Ofun Meji, quien se dedicó a esparcir por todas partes miles de almas que salidas de su boca, más tarde animarían dando vida a todo lo creado; le siguió Babá Osé Meji, después Irete Meji,  y así sucesivamente. Relata el mito que el último que llegó a la morada de la Tierra fue Babá Ejiogbé, quien se dio a la tarea de poner orden a todo  lo creado, organizó todo en grupo según las especies a que pertenecían, cada grupo en un lugar de residencia y, por último, trajo la luz para que todos, incluyendo el propio Olodumaré, pudieran contemplar cuán maravilloso lugar había renacido en medio del oscuro y misterioso Universo; se había creado la hermosa y enigmática Naturaleza.

Todos los Orisas “obreros de la Creación”, fueron llamados al cielo por Olodumare, que regocijado por la hermosa tarea, los invitó a permanecer eternamente en su Corte Suprema. Al tiempo, Olodumaré encomendó a la divinidad  Orisanlá, que creara en la Tierra a los seres humanos, y luego orientó a los Orisas iluminar con su cuerpo astral, a cada uno de los hombres o a cada grupo de ellos. El rayo de luz que emana del cuerpo astral de los Orisas debería, al llegar a la Tierra, primero, guardando el orden de la creación, atravesar por las rocas y piedras, después por las plantas, por los animales y por último por los hombres, logrando con esto que se mantenga una estrecha vinculación armónica entre una piedra, un árbol, un animal y un hombre.

Por tanto cada uno de los seres vivientes y piedras de la naturaleza, estarían dirigidos y orientados por un Orisa, para así, de esa forma, los seres que habitan la Tierra continuaran perfeccionando lo ya creado, siempre y cuando guardaran el orden establecido por Babá Ejiogbe”.El conjunto piedra, árbol, animal y hombre está estrechamente relacionado en cuanto a conducta y aptitudes, entre ellos constantemente fluye el grado de conocimiento, sabiduría y entendimiento que les legaron los Orisas.

Si por alguna determinada circunstancia adversa,   algún  individuo  olvida su verdadera encomienda, la cual debe realizar durante el período de su existencia en la morada de la Tierra, simplemente podría retomar la correcta orientación, con solo copiar las aptitudes asumidas por los seres inferiores que se relacionan simpáticamente con él, lo cual debe personificar y adaptar a su medio. Muchas veces el hombre necesita volver al pasado, para allí retomar experiencias vividas que le proporcionen ciertos métodos para su evolución.

Para ello Ifá utiliza un recurso involutivo para alcanzar la máxima expresión evolutiva en la existencia. Si hipotéticamente viajáramos en sentido contrario en el círculo del esquema de la progresión del espíritu, atravesando el punto donde está el animal, el punto donde está la planta, hasta llegar al punto donde está la piedra, estaríamos más cerca de esa máxima expresión evolutiva. Si atravesáramos el punto de la piedra, llegaríamos más allá del principio, donde justamente se encuentra la máxima evolución del hombre.

Precisamente uno de los objetivos que contiene el sistema de adivinación de Ifá,  es el de acercarnos cada vez más a los comportamientos naturales, para con ello alcanzar el grado máximo en la evolución. El hombre tiende a olvidar su plan de destino impuesto por su Orisa, esto es debido a la influencia del medio, el ejemplo de los demás, adoptando por ello una personalidad aparente y un supuesto plan de vida que muchas veces difiere de la tarea realizada en la creación por su Orisa.

Olodumaré sabía esto y previendo tal situación, vinculó a los hombres con las especies inferiores, las que difícilmente desvían sus aptitudes y cualidades por estar libres de placeres mundanos y la perversión de los hábitos y costumbres. Así Olodumaré asignó a los Orisas, como una especie de Ángel Guardián para cada individuo, para que todo hombre sepa cuál es su encomienda en la tarea del desarrollo y perfeccionamiento, de lo que ya ha sido creado.

   
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